Que sólo con una sonrisa podrías aplacar la furia de una bestia cautiva.
Y le ofreces a cualquiera que pueda pagarte, el tierno perfume de tu carne joven y el grácil coqueteo con el que ondeas tu cabello.
Muy pronto abandonas los libros y las fábulas, todos ellos se ven canjeados por el brillante reflejo de un enorme espejo, a donde acudes a mirarte por largas horas al día.
Y piensas que el mundo es tuyo, niña bien.
Y con esos profundos razonamientos sales a la calle, con unos afilados tacones que no sabes usar.
Contoneando unas delgadas caderas, que no sabes manejar, quizás todavía están sin estrenar.
Le sonríes a la calle y la calle te sonríe a ti.
Ahora por fin estás segura: el mundo es tuyo niña bien.
Y sacas todas las ventajas del camino. Le sonríes a extraños, trepas peldaños, seduces, conspiras, urdes, engañas y al final hasta aplastas, ¿A quien le importa?
El mundo tiene ser tuyo niña bien.
Ahora todos adulan la belleza de tu joven naturaleza y se ríen a carcajadas de la inocencia de tus frases banas, porque tu ignorancia es muy atrevida, tarde o temprano terminarán por aburrirse de una cabeza perfecta, pero en el fondo vacía.
A larga te darás cuenta que la juventud de la que hoy gozas, es un paraíso que con el tiempo se agota y como todos los mortales terminarás en el exilio donde tendrás que ganarte, con tu hueca cabeza, el pan que habrás de comer con el sudor, de tu hoy lozana piel.
Finalmente entenderás que las mayores gracias se logran producto de un agudo ingenio, capaz de aplastar a miles de mosquitas muertas, que al igual que tú, salen sonrientes a las calles, en busca de ganarse el mundo a punta de su belleza, más no de una cimentada inteligencia.
En ese tiempo de espantos descubres aturdida que el mundo te tiene ahora en sus manos.
A ti querida,
Niña bien.
Lina Robles

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